13.12.15

#1 Martha

Despertó sobresaltada en un blanquecino banco de granito. De forma extraña apreció allí, en ese misterioso lugar. La anterior noche había sido como cualquier otra y se había acostado donde toda persona normal suele hacerlo: en su casa y en su cama. Se encontraba en una plaza desconocida y bastante singular, acompañada por el silencio de un escenario inerte y carente de brillo. No corría una pizca de viento y el frío seco marcaba el inicio de invierno.

Las fincas que envolvían el lugar se alzaban como antiguos pilares de la historia y compartían un color blanquecino y desgastado. Sobre las necesitadas de una mano de pintura se alzaba un cielo nublado y oscuro que amenazaba con tormenta.

–¿Dó… Dónde estoy? No, no puede ser real. –se dijo a sí misma, para no perder la calma, mientras se quitaba las legañas de los ojos.

Se pellizcó varias veces para asegurarse que no soñaba, se miró de forma insistente los brazos y los pies. ¿Cómo podía haber llegado hasta allí? Pese a que intentó hacer memoria, no recordaba haber visitado nunca un lugar parecido, y eso que había viajado con sus padres a una infinidad de pueblos cuya existencia es anónima para una mayoría.

Se reincorporó y dio varias vueltas en círculo, percatándose de los numerosos dibujos que había trazados en el suelo: citas, caricaturas satíricas, tres en rayas… El suelo de la plaza, en conjunto, era una especie de tablero de ajedrez; un ocho por ocho que abarcaba cada recoveco. Los garabatos dibujados, con mano experta, eran blancos sobre los fondos negros y negros sobre los fondos blancos.

Una vez acabó de observar el alrededor, fue llamando puerta por puerta para ver si alguien podía orientarla. Al principio intentaba mostrarse serena y paciente, pero a medida que se daba cuenta de que nadie le respondía empezó a alarmarse. Golpeaba incesantemente a las puertas, hasta incluso fundió varios timbres. Nada, parecía que nadie le hacía caso porque por aludidos podían darse todos con esos gritos y ese ruido. ¿Y si el lugar estuviese abandonado? Era viejo, sí, pero no daba esa impresión.

Tras unos minutos de exploración Martha llegó a la conclusión de que seguir en esa plaza no le servía de nada, la única alternativa que le quedaba era tomar una dirección y pasear por aquel pueblo. Vaciló un poco, pues temía hacer el ridículo yendo con un pijama de dibujos animados y unas zapatillas de ir por casa.

Al final abandonó los complejos y los apartó a un lado; no era momento para comportarse de forma estúpida. Sin embargo, para bien o para mal, cuando encorajada y sin vergüenza se disponía a partir de allí de forma decidida, Martha escuchó numerosos pasos débiles y ágiles acompañados de un griterío agudo. Desconocidos, sí, pero en definitiva: humanos.

 –Vamos Greg, ¿no quieres la pelotita?–dijo una vocecilla aguda pero prepotente.

–No la quieres, ¿eh, eh?–repitieron otras tantas.

–Claro que la sí, Thomas. Dámela o me chivo a mi mamá.

Tras la chica apareció, correteando y destruyendo el silencio, un grupo de niños pequeños de entre nueve y diez años. Un grupo homogéneo en cuanto a sexo pero que sin embargo presentaba una diversidad bastante curiosa de complexiones.

Thomas y sus secuaces, aparte de que estos dos eran más anchos, eran altos. Pero el pobre que rogaba que le devolviesen la pelota no era más que un ser diminuto de pelo azabache y con una vestimenta que le venía grande.

–Cógela.

El grupo de tres niños empezaron a pasarse la pelota unos a otros, lo suficientemente alto como que para impedir que el pequeño consiguiese capturarla. Saltaba, impotente, emitiendo ciertos gemidos de queja y resignación. Martha estaba un poco aturdida al mismo tiempo que una pequeña parte de su ser sentía indignación y empatía por la víctima.

Desconcertada porque parecía que los pequeños no se habían percatado de su presencia. No le habían hablado, que dentro de lo que cabe, no es extraño; pero ni tan siquiera se habían molestado en mirarla aunque fuese un segundo.

Un mal pase de uno de los grandullones se desvió hacia un lado permitiendo al azabache recuperar su juguete. Cogió la pelota y se aferro a ella, no sin dar un par de pasos atrás para salvaguardar la distancia con sus acosadores.

 –Déjanosla de nuevo, Greg.

 –No, seguro que no me la devolveréis.

Martha, que hasta ese momento se había dedicado a observar el panorama mientras se acariciaba su corta y castaña cabellera, decidió intervenir para evitar que la situación no fuese a más y para no prolongar su desconcierto.

 –Perdonad, ¿dó… dónde estamos? –intervino la castaña al mismo tiempo que se interponía entre los abusones y la víctima.

Sin embargo, y para sorpresa de ella, ninguno le respondió o se percató de que una figura de carne y hueso los separaba. Seguían intercambiándose miradas y amenazas como si aún pudiesen verse a la perfección.

 –Hola, ¿me oís? –Martha se inclinó para lograr ponerse a su altura y así obligarles a mirarla a la cara, pero ninguno aludió a ella, a su presencia o a su pregunta.

 –Greg, eres un hijo de puta –soltó uno de los grandullones al mismo tiempo que atravesaba a Martha con un brazo para golpear al menor.

El pequeño, más rápido que este, esquivo su brazo y salió corriendo por la única callejuela que conducía afuera de la plaza. Los otros tres como llegaron se fueron tras el dueño de la pelota y  dejando en Martha una cara de perplejidad absoluta que no había forma alguna de justificar. ¿Era invisible para esos niños o esos niños eran inmateriales para ella? Sea cual fuere la respuesta, le dejaba un mal sabor de boca pensar que si no la habían percibido en absoluto, quizá nadie del lugar lo hiciese. Y por tanto no pudiesen socorrerla.

 –¡Maldita sea, seguro que es un sueño!

Gritó angustiada porque aun sabiendo que soñaba no conseguía despertarse, era todo tan extraño; se sentía viva y físicamente en el lugar, experimentaba el tacto con las paredes o la leve comodidad que le proporcionaba volver a sentarse en el banco.

Pero allí estaba; apunto de coger un catarro, sintiendo el frío en cada rincón de su cuerpo y sin esperanza alguna de que algo o alguien la sacara de esa cárcel… Cárcel, que mejor nombre ponerle a ese lugar cuadriculado del que salir no servía de nada y cuya vida dentro de él era bastante relativa.

De pronto sintió una especie de pinchazo en la sien, otro, otro y otro más. Todo empezó a dar vueltas sobre ella. Se repuso las gafas. Todo seguía dando vueltas, cada vez más deprisa. Era un mareo muy vertiginoso y una especie de negro empezaba a cubrir el fondo.

Llego a un punto que ya no supo cómo reaccionar. Se tumbó. El dolor de cabeza persistía pero el mareo se hacía cada vez más leve, más y más leve; pero aun así presente. Pestañeó.

El fondo se hacía negro progresivamente. El oscuro color fue cubriendo el cielo y con él la visibilidad de todo aquello que rodeaba a la chica. Todo cayó ante las tinieblas y la penumbra en escasos segundos. Martha se sentía sola, asustada.

Ya no estaba sentada sobre un banco, o al menos eso es lo que parecía. Ahora estaba sentado en el suelo de un vacío que se extendía hasta el infinito por todas las direcciones. Ningún color salía reflejado, se habían escondido ante la falta de sol y el predominio oscuro.

Sintió un crujido bajo su cuerpo, era o parecía un vidrio. Volvió a oír el crujido, esta vez más fuerte. Para cuando quiso levantarse aquello sobre lo que estaba sentada ya se había roto y había hecho que Martha cayese a una gran velocidad por un pozo. Y cayó, cayó… y siguió cayendo aunque suplicara y llorase de miedo,  se mantuvo cayendo todo el tiempo al que alcanza su memoria.


De repente, despertó.

5 comentarios:

  1. :O Me ha gustado mucho. ¿Hay continuación? No, ¿Verdad?

    Está bastante bien escrito ;p

    Te dejo un achocolatado beso.

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  2. Está increíble, me ha encantado. Me gustaría saber la conexión de ella con los niños.
    Te leo Andreu
    Saludos desde el caribe.

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  3. Está increíble, me ha encantado. Me gustaría saber la conexión de ella con los niños.
    Te leo Andreu
    Saludos desde el caribe.

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    1. Me gusta que te guste. Hm, aunque es un poco random el escrito.

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