22.12.15

Pangea - Naviblogger 2

Lista de participantes

Tiró de la gruesa cuerda torcida como había acostumbrado hacer desde que dirigía la compañía de teatro local. Ya era muy lejano ese día, hace treinta años, en el que aceptó llevar las riendas del pequeño colectivo.

Al principio levantaba aquel viejo telón alemán sin cansarse ni lo más mínimo, haciendo de ese acto algo elegante y digno de contemplar. Sin embargo, con casi ochenta años a la espalda, a duras penas le quedaban fuerzas para levantar el contrapeso del otro extremo. Pero lo hacía de todas formas, lenta y torpemente, pero con los mismos resultados.

Ningún actor se preocupaba por él. No le pedían que dejase de ser el telonero ni siquiera le incitaban a dirigir los ensayos y a escribir guiones. Porque, a fin de cuentas, ese era su sueño desde la infancia. Había incluso individuos que dedicaban chismorreos o miradas de reproche a su progresiva incapacidad de hacer una labor manual.

Hoy era un día como cualquier otro. A la hora de siempre, tras un par de gotas de sudor, el anciano marcaba el inicio del último ensayo antes de la representación. Abierto el telón y limpiado el sudor con un pañuelo de seda, tomó asiento en una prestigiosa posición central desde la cual lo veía todo.

En medio del escenario había un escritorio y un par de butacas de cuero viejas de segunda mano. El fondo lo formaba un conjunto de paneles que, pintados por él mismo, daban la impresión de ser una vasta biblioteca de alguien adinerado.

 –He dicho que no  –sentenció un joven adulto que llevaba tres gorras puestas sobre la cabeza mientras, a paso rápido, entraba en escena.

 –Venga por favor, dame una aunque sea  –se quejó otro, menor que el  primero, siguiéndolo–. ¡Si ni tan siquiera te hacen falta!

–Búscate otra entre los baúles –le indicó con un poco de repulsión, poniendo la vista en el horizonte y mirando al anciano –. ¿Así te parece que está bien?

El anciano no le respondió con palabras; no valía la pena. Frunció el ceño con desaprobación y ladeó su mirada hacia un extremo del escenario del cual salían otros personajes: un cincuentón vistiendo un traje ceñido, una niña pirata cuya ropa le venía demasiado grande y un joven descalzo.

 –Yo ya estoy, menos mal que ninguno de esos lerdos se ha atrevido a ponerse mi indumentaria –rechistó apoyándose con el escritorio. De su bolsillo sacó un peine y empezó a echarse el engominado pelo hacia atrás. Tampoco es que tuviese muchos cabellos, pero estos eran suficientes para ocultar la coronilla–. ¿Vamos a empezar pronto? Una persona no tiene todo el tiempo del mundo por…

–Anciano, dile a Carlota que a ella le toca ir de escolar y a mí de pirata –replicó un preadolescente con voz aguda y desafinada.

 –No me interrumpas, mocoso –el hombre hizo ademán de coger al muchacho de la oreja pero éste, más rápido y ágil, se escabulló de su mano y se dirigió a la niña.

 –¡Déjame estar, bobo!

La niña corrió para esconderse de su compañero, sin embargo tropezó con el bajo de los pantalones y cayó de morros sobre el parqué de roble. Manifestaba su agonía mientras de sus fosas nasales salían mocos con un poco de sangre. Lloraba desconsoladamente mientras a duras penas abandonaba el escenario. Y aun sin estar en él, sus lloriqueos retumbaban en el recinto.

–Eso te pasa por cabezota, Carlota –dijo una voz femenina, al fondo, cuyo rostro no se podía ver.– Daniel, ¿has encontrado los zapatos?

 –Claro que sí, ¿no ves que los llevo puestos? –rió, irónico, señalando la desnudez de sus pies.

El anciano anotaba sin cesar los numerosos errores de organización para distraerse ante aquel panorama tan mediocre. No pudo contener varias de las lágrimas de impotencia que asomaban, traviesas, por unos vidriosos ojos claros y verdes. No había nada que hacer, la representación sería un desastre y él… Él sería el hazmerreír del pueblo.

 –Bajad el telón, por favor –sentenció con la voz sesgada de rabia.

Por primera vez todos se daban cuenta de que el anciano estaba allí contemplándoles. La niña paró de llorar, el cincuentón contempló al anciano dejando a un lado su cabello e incluso los actores que aún estaban por vestir asomaron su cabeza. Perplejidad e incredulidad, era lo que trasmitían esos tensos rostros.

 –¡Pero si todavía está por llegar la mitad del reparto!

 –He dicho que bajéis el telón, abandono esto.

Tan solo el silencio era acompañante de la resignación del mayor. Estaba enfadado y aun así no parecía estar dispuesto a gritar ni imponerse. Había vivido mucho y poco le quedaba por vivir. Se levantó tranquilo. Triste. Y salió lentamente por una de las puertas de emergencia para así no llamar la atención al personal del ayuntamiento que ocupaba el recibidor y el puesto de información turística.

Al día siguiente, el anciano, fue para ver qué tan bien realizaban la actualización sin él y sus consejos. Ni tan siquiera se sentó en la butaca que tenía reservada por ser el director de la obra. Se quedó escondido en el oscuro fondo del teatro, entre el público, observando atentamente que nadie lo reconociera. Se percibía en el ambiente una gran curiosidad e interés por ver qué había preparado un colectivo local que llevaba años inactivo o tomando un papel pasivo en la fiestas patronales; como mucho.

Se abrió el telón. No había absolutamente nada; ni una pizca de la decoración que teóricamente habría según lo acordado. Lo más probable –pensó nuestro protagonista– era que Juan, el cincuentón que formaba parte de la aristocracia local, había llamado a su hijo para llevárselo todo de nuevo al almacén. Porque, de hecho, todas las inversiones a la compañía salían de su bolsillo.

El anciano no pudo evitar soltar una irónica carcajada la cual se oyó, quizá demasiado, e hizo girarse a un buen grupo de personas que entre confundidas e indignadas no estaban del mejor humor para aceptar burlas. Sin embargo pronto se les pasó y volvieron a prestar atención al frente.

Lamentable. Por un momento el director había tenido la esperanza de que aquel grupo heterogéneo de actores habría escarmentado con lo sucedido el día de antes  e intentaría en la medida de sus posibilidades ofrecer un ocio decente. Para nada, quién es desgraciado lo sigue siendo aunque tenga el cambio ante sus ojos.

 –Lamento comunicarles que debido a falta de personal la representación de Pangea ha sido cancelada.

Una ola de abucheos estalló en el recinto sin dejar a la misma voz proseguir con sus disculpas y lamentaciones. Estaban enfadados. Y con razón. Habían pagado un dinero por la entrada y se sentían timados y cachondeados. O al menos eso es lo que toda persona siente cuando paga para nada.

Y en plano más personal, contar las enormes ayudas de publicidad que les había proporcionado el ayuntamiento, el tiempo dedicado por los actores y por él. Eso no lo iban a recuperar nunca. Todo perdido.

La muchedumbre empezó a abandonar el recinto de forma ruidosa y aglomerada. Seguían silbando y de vez en cuando se oía un: chorizos, sinvergüenzas. Era todo muy lamentable, muy caótico pese al aparente orden. Y sin embargo, tras otro fracaso, el anciano sonreía en un mar de rabia porque la esperanza de mejora es el peor y el mejor de los regalos que uno se puede llevar tras otra fraudulenta experiencia.



6 comentarios:

  1. Bueno, sigue teniendo sus fallos. Personalmente no me termina de gustar pero lamentablemente es con lo que he estado trabajando esta semana. Not bad, pero no llega a estar tampoco.

    ResponderEliminar
  2. La verdad es que me ha sorprendido, no me esperaba algo así. Me encantan las historias "tras el telón", y esta no podía serlo de forma más literal. He podido ver muy bien la frustración del anciano ante la decadencia de su tesoro, y su sed de venganza al ver el desastre final, y eso ha hecho que me situase. Quizá me habría gustado que profundizases más en la descripción de la emoción estancada y putrefacta, pero eso ya depende del gusto de cada uno. Me quedo con que has hecho del tema dado algo interesante y novedoso, felicidades.

    Un frío beso festivo,

    Emily

    ResponderEliminar
  3. Qué bonito. En serio, qué bonito y profundo y al mismo tiempo triste. Es muy triste pasarte la vida intentando mejorar algo, sacarlo adelante... Y que no sirva para nada. Y que aun así se siga teniendo esperanza de que las cosas mejoren.
    Aish, no sé. Es amargo, muy amargo. Me gusta. Y me ha dado mucha ternura el protagonista, de verdad.
    Un beso,
    C.

    ResponderEliminar
  4. A pesar de que me habría gustado que esa conclusión, ese regalo que has explicado, apareciera en mi mente de lectora de una manera un poco menos explícita (quizás con alguna metáfora, algún diálogo, o algo que me hiciera llegar a esa conclusión), me ha parecido un relato realista a la par que original. Sin necesidad de nada ostentoso, creas un buen ambiente que he sido capaz de imaginar, a un estupendo personaje al que comprendo a la perfección (esa frustración, ese asco, esa ira... llega al lector) y una historia simple pero que oculta muchas cosas.
    Me ha parecido un buen trabajo, así por resumir.
    ¡Un abrazo!

    ResponderEliminar
  5. Me ha parecido bonito ver el relato desde la perspectiva de alguien ya mayor, de alguien que ya ha vivido y como ha dicho Misora hubiera estado bien que la conclusión final estuviese un poco más camuflada para que sea el lector el que la saque. Por lo demás me ha parecido bonito y da mucha pena el fracaso del protagonista, ¿conseguirá sacar algún día alcanzar su meta?
    Un fuerte abrazo,
    María

    ResponderEliminar
  6. ¡Hola te he nominado al Best Blog! Pásate por mi blog para responder las preguntas http://elsegundodiadelrestodetuvida.blogspot.it/2015/12/nominada-al-best-blog.html
    ¡Un saludo!

    ResponderEliminar