6.5.16

Reflejo

Llueve. Se precipita el agua sobre la encorvada figura de un cansado estudiante. Se deja caer a propósito para mojar todo cuanto toca. Volviendo a casa del instituto el joven puede escuchar el chapoteo que sus desgastas deportivas,  las que viste a menudo para asistir a clase, producen al pisar el camino encharcado.

Chip-chap, chip-chap…

El cielo está encapotado de negras nubes que no dejan de llorar. El viento las consuela con su compañía, el viento golpea con furia el rostro del chico. Lo despeina. Él siente un aire frío abofeteando su rostro con braveza y la cálida sensación de un cuerpo protegido bajo el manto una chaqueta.

La lisa acera resbala. A lo largo de esta el agua se estanca en charcas de vida efímera, pues no es muy usual que llueva allí. Tan al sur. Tan lejos del atlántico y del cantábrico. El solitario se ve obligado a moverse con cuidado, con la lentitud de un elefante y cargado como una mula de libros de texto.
La mente merodea libre por su cerebro, pasa de hemisferio a otro con una descarada desnudez. Mente banal que percibe todo aquello que los sentidos le ofrecen, pero que en cambio se fija en tan pocos detalles.

Chip-chap, chip-chap…

Súbitamente el estudiante mira el suelo, resignado. Tiene hambre, mucha hambre; pero el camino parece interminable y la calle vacía de movimientos ajenos a los suyos. Sin embargo, algo le llama la atención en ese grisáceo pavimento. Allí donde es costumbre que haya hormigón, parece abrirse un nuevo mundo.

Un mundo que no es sino un triste reflejo proyectado sobre la transparente agua. O es su realidad el reflejo de aquel nuevo universo. No lo sabe con certidumbre. En ese espacio puede ver borrosas sombras. Observa una especie de mundo paralelo en el que su cuerpo –o la oscuridad de este– pasea al mismo ritmo que él lo hace, percibe la peculiar forma con la que se alzan los edificios y los árboles.

¿Se abre un portal cuando llueve?  Se pregunta a sí mismo. Tiene los ojos abiertos de par en par. El suelo ha conseguido que no preste atención a nada más cuanto lo rodea. Se sobresalta. Escucha unos cuantos pitidos y una voz que, furiosa, lo regaña. Casi lo atropella un coche sin darse cuenta.

Chip-chap, chip-chap…

Ve su casa allá a lo lejos. Se agobia. Quiere encontrar el secreto o una forma de entrar en la dimensión que se le acaba de presentar. Sigue lloviendo. Sigue mojándose. Deja la mochila en el portal de un edificio y se arrodilla con la esperanza de encontrar el cerrojo de la puerta que lo separan de ese mundo incoloro.

"¡Debe haber algo! ¡Seguro!" Está convencido de ello. Cuando pisa, cuando palpa el suelo puede ver y sentir una pequeña onda expansiva; un pequeño movimiento que indica el desplazamiento de una barrera. Él lo ve como las películas, como si fuese el portal de Stargeit. Pero no, lo que se desplaza solo es agua y aquello que desconoce y cree real es, como se dijo antes, un reflejo que se irá una vez salga el sol.

No atiende a razones. Tiene las rodillas completamente mojadas y sus manos están sucias del polvo y la suciedad que el agua lleva consigo. No lo entiende. No comprende nada. Llora. En sus ojos también llueve. Pero esto es un hecho que no conlleva reflejo.


Chip-chap, chip-chap…

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