19.12.16

Costumbres

Hace apenas una hora abrí la puerta del portal de mi casa con la total normalidad del mundo. Unos simples movimientos, nada más. Primero, muevo el brazo con la confianza de encontrar las llaves en el bolsillo –dónde las dejé al salir hacia la universidad–; segundo, cojo estas y encaro sólo una hacia la cerradura y la meto. Girar la llave –y con ello, encaja de forma perfecta en el hueco espacio hecho a medida– es el último paso de este ciclo que realizo a diario. Que realizamos todos y cada uno de los días.

Subí una rampa dentro de los límites de velocidad de las personas que no tienen prisa. Ni lento, ni rápido. Hasta llegar al extremo del recibidor, nada más tener frente a mí la puerta del ascensor, lo llamé en un acto inconsciente. Allí estaba yo. Rodeado de un mármol grisáceo que componía las paredes de un edificio relativamente novedoso para mí.


Aun así, mientras esperaba al ascensor –un minuto real, como mucho, tampoco es que fuese gran cosa– en mi estómago empezó a formarse la sensación de complacencia y bienestar típica que suele venirnos cuando nuestro organismo –más inteligente de lo que pensamos– advierte que estamos cerca de la calidez y comodidad hogareña, de nuestro espacio para la privacidad. Esta sensación circulaba descontrolada por mi cuerpo, ascendiendo hacia la garganta y descendiendo hasta el rincón de mis dedos.


Fue una gran sorpresa. No la sensación pues esta la llevo conociendo desde que tengo uso de razón. Me sorprendió el hecho en sí mismo, después de cavilar horas sobre qué tan diferente es mi vida ahora. Lejos de la ciudad que me vio crecer y en la cual conservo la mayoría de recuerdos de la infancia y adolescencia que, para bien o para mal, se rememoran con cierto romanticismo. Veía con ilusión lo nuevo, aunque con hostilidad el constante interrogante que conlleva el futuro. Pensé que no me podría adaptar. Me venían pequeñas piezas del rompecabezas, que es mi humilde vida, disparadas a bocajarro hacia mi cerebro. Noche tras noche me saturan, noche tras noche reaparecen como tortuosas pesadillas que me mantienen despierto. Despierto y alerta, la vida me golpeó desprevenido cuando tenía la guardia baja, cuando pensaba que la adolescencia sería perpetua.














2 comentarios:

  1. "empezó a formarse la sensación de complacencia y bienestar típica que suele venirnos cuando nuestro organismo –más inteligente de lo que pensamos– advierte que estamos cerca de la calidez y comodidad hogareña" justo he tenido hoy esa sensación, cuando he vuelto de trabajar, con un frío que pela y empapada por la lluvia, y es... una sensación única ^^.

    Muy bueno el relato, la reflexión final (y sobre todo la última frase) es para aplaudir.

    ¡Un beso! :)

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  2. ¡Hola!

    Me ha gustado mucho tu relato. Cómo un hecho tan cotidiano y sencillo como abrir la puerta de casa puede conllevar tanto detrás.

    Muy bien escrito, con reflexiones certeras, breves y concisas.

    Muchas gracias por compartirlo con nosotros.

    Espero leerte pronto.

    ¡Un abrazo! :)

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